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Espíritu Estoico · 28 de julio de 2026 · 26 min de lectura

Escucha esto para SANAR TU MENTE: 5 Meditaciones para dejar de Sobrepensar y Recuperar la Calma

Te acuestas cansado, pero tu mente sigue repasando lo que dijiste, lo que podría pasar y lo que quizá deberías haber hecho. Cuanto más intentas encontrar una respuesta definitiva, más difícil resulta descansar.

A veces el problema no es que falten respuestas, sino que seguimos tratando cada pensamiento como si exigiera una. Una frase que vuelve. Una decisión ya tomada que revisamos desde otro ángulo. Una posibilidad futura que todavía no existe, pero ocupa la atención como si estuviera sucediendo ahora. Y mientras intentamos resolverlo todo por dentro, el cuerpo está en la cama, la comida se enfría, una conversación ocurre delante de nosotros o el día termina sin que hayamos estado del todo en él.

Sobrepensar puede parecer una forma de estar preparado. En algunos momentos lo es: pensar ayuda a decidir, prevenir o comprender. Pero cuando no conduce a una decisión nueva, a una información distinta o a una acción concreta, puede convertirse en repetición.

La primera diferencia útil es sencilla: un pensamiento puede aparecer sin convertirse en una tarea.

Estas cinco meditaciones parten de ahí. No buscan dejar la mente en blanco ni fabricar una calma perfecta. Buscan recuperar margen para distinguir qué merece atención, qué requiere una acción y qué puede permanecer sin respuesta por ahora.

Meditación uno. No todo pensamiento necesita respuesta.

Hay pensamientos que entran con aspecto de asunto pendiente. No dicen simplemente algo; parecen pedir una contestación inmediata.

Recuerdas una conversación de la mañana y aparece: quizá soné demasiado seco. Un minuto después llega otra versión: debería haber explicado mejor lo que quería decir. Después otra: a lo mejor la otra persona interpretó que estaba enfadado. Y sin darte cuenta ya no estás recordando una conversación. Estás celebrando una reunión mental sobre una situación que terminó hace horas.

Conviene observar qué ocurre ahí. El primer pensamiento puede aportar información. Tal vez de verdad hablaste con brusquedad y quieras reparar algo. Pero el segundo, el tercero y el décimo no necesariamente añaden nada. Muchas veces solo cambian la forma de la misma duda.

La práctica empieza sin intentar detener nada.

Deja que aparezca un pensamiento reciente que haya vuelto varias veces. No el más doloroso ni el más importante. Basta uno conocido: una conversación, una tarea, una decisión, una preocupación sobre mañana.

En lugar de responderle, prueba a nombrar qué está haciendo.

Puede ser un recuerdo.

Puede ser una predicción.

Puede ser un juicio.

Puede ser un ensayo de una conversación futura.

Puede ser una búsqueda de certeza.

No hace falta acertar con una etiqueta perfecta. El objetivo es notar que el contenido del pensamiento y la función que está cumpliendo no son lo mismo.

Si aparece “seguro que mañana sale mal”, la reacción habitual puede ser discutir: no, probablemente saldrá bien. Pero esa discusión mantiene abierta la misma mesa de negociación. Ahora necesitas demostrar que tu propio pensamiento se equivoca. Y si aparece una nueva objeción, vuelves a contestar.

La alternativa es más sobria: reconocer “esto es una predicción” y volver a lo que sí está ocurriendo.

Tal vez notes el peso del cuerpo sobre la silla. El sonido de una puerta. La temperatura de las manos. La respiración sin modificarla. El contacto de los pies con el suelo.

No porque esas sensaciones sean más importantes que el problema, sino porque existen ahora y te devuelven una referencia distinta de la conversación mental.

Puede parecer demasiado simple, especialmente cuando la preocupación toca algo real. Si mañana tienes una reunión difícil, no basta con decir “es una predicción” y olvidarte. Pero tampoco ayuda ensayar cuarenta veces todas las posibles respuestas de personas que todavía no han hablado.

Ahí aparece una distinción importante: prepararse no es lo mismo que permanecer mentalmente de guardia.

Prepararse puede significar escribir tres puntos que quieres tratar, revisar un documento, decidir un límite o poner una hora para salir de casa. Son acciones que terminan. La vigilancia mental, en cambio, no tiene un criterio claro de final. Siempre puede imaginar una posibilidad más.

Vuelve al pensamiento.

Pregúntate solo esto: ¿me está dando información nueva o me está pidiendo otra vuelta sobre lo mismo?

Si hay información nueva, úsala. Si recuerdas un dato olvidado, anótalo. Si identificas una acción razonable, déjala preparada. Pero si no aparece nada distinto, no necesitas fabricar una conclusión para justificar que has estado pensando.

Puedes reconocer: “esto ya lo he revisado”.

Y volver.

Quizá a los veinte segundos aparezca otra vez. Eso no significa que la práctica haya fallado. El objetivo no es impedir que el pensamiento regrese. Es reducir el número de veces que aceptas automáticamente su invitación a continuar.

Con la repetición empieza a verse algo que antes pasaba desapercibido: no todos los pensamientos entran por su importancia. Algunos regresan porque cada vez que aparecen reciben conversación, análisis y atención.

Esta meditación no te pide ignorar lo que importa. Te pide reservar la respuesta para aquello que realmente puede beneficiarse de ella.

Hay una diferencia entre escuchar un pensamiento y obedecer su urgencia. Y esa diferencia puede ser pequeña al principio: unos segundos en los que, en vez de responder, reconoces lo que está ocurriendo y vuelves a la habitación en la que de verdad estás.

Meditación dos. ¿Hay algo que resolver ahora?

Hay preocupaciones que parecen problemas solo porque ocupan espacio mental.

Esperas una respuesta después de una entrevista de trabajo. Te dijeron que probablemente decidirían durante la semana, pero es martes y todavía no sabes nada. Mientras desayunas, aparecen posibilidades: quizá eligieron a otra persona, quizá están comparando candidatos, quizá dijiste algo que no convenció, quizá deberías escribir para mostrar interés.

Algunas de esas posibilidades podrían ser ciertas. El problema es que pensarlas no permite saber cuál.

Y ahí el sobrepensamiento puede disfrazarse de preparación. Parece que seguimos trabajando en el asunto cuando, en realidad, hemos llegado a un punto donde faltan datos.

Esta meditación consiste en separar dos cosas que suelen mezclarse: aquello sobre lo que puede hacerse algo y aquello que, por ahora, solo puede esperarse.

Trae una preocupación concreta.

No intentes resolverla todavía. Formula primero el problema con una frase sencilla.

“Estoy esperando una decisión.”

“Necesito saber si podré pagar este gasto.”

“No sé cómo responder a esa conversación.”

“Me preocupa llegar tarde con este trabajo.”

Después observa qué parte depende de una acción disponible ahora.

En el caso de la entrevista, quizá existe un plazo razonable para escribir si no hay noticias. Puedes anotarlo: si el viernes no han respondido, enviaré un mensaje breve.

Eso es una decisión.

Lo que ocurre entre el martes y el viernes es distinto. Consultar el correo veinte veces, reconstruir cada respuesta que diste o imaginar las conversaciones que el equipo puede estar manteniendo no modifica el proceso.

El asunto sigue siendo importante. Simplemente no está disponible para ser resuelto todavía.

Esta diferencia evita dos errores opuestos.

El primero es seguir pensando porque sentimos que parar sería desentendernos.

El segundo es utilizar la idea de “no puedo controlarlo” para evitar una responsabilidad que sí existe.

Si tienes una factura que vence mañana y dispones de opciones que revisar, quizá toca hacer llamadas, calcular gastos o pedir información. Ahí la preocupación señala una tarea real. Repetir “tengo que dejar de pensar” sería poco útil.

Por eso la pregunta no es “¿puedo controlar todo esto?”.

Es más concreta:

“¿Hay alguna acción razonable que pueda realizar ahora?”

Si la respuesta es sí, define una.

Una, no diez.

Hacer una llamada.

Buscar un documento.

Hablar con alguien.

Anotar una fecha.

Preparar dos alternativas.

Tomar una decisión con la información disponible.

Después hazla o decide cuándo la harás.

Si la respuesta es no, prueba algo más difícil: dejar el asunto sin resolver durante un tiempo concreto.

No necesitas convencerte de que todo saldrá bien. Tampoco necesitas concluir que saldrá mal. Basta con reconocer que seguir produciendo escenarios no crea la información que falta.

Imagina que estás esperando el resultado de una prueba importante para un curso. El resultado llegará mañana. Esta noche puedes revisar cuándo se publica, preparar lo necesario para las dos posibilidades y seguir con tu rutina.

Pero hay un momento en que ya no queda ninguna tarea.

A partir de ahí, pensar más deja de ser preparación y empieza a ocupar el lugar de la espera.

Y esperar incomoda porque obliga a admitir algo que la mente preferiría evitar: en ciertos momentos, no tenemos acceso al siguiente dato.

La práctica consiste precisamente en tolerar ese intervalo sin llenarlo de trabajo mental ficticio.

Puedes decirte: “Esto importa, pero ahora no puedo avanzar aquí”.

Y regresar a una tarea que sí existe delante de ti.

Preparar la cena.

Terminar una página.

Ducharte.

Responder otro mensaje.

Dormir.

La preocupación puede volver mientras haces cualquiera de esas cosas. Cuando ocurra, no hace falta empezar otra discusión. Comprueba de nuevo: ¿ha aparecido información nueva? ¿Existe ahora una acción que antes no existía?

Si la respuesta sigue siendo no, el problema continúa pendiente, pero no requiere que tú permanezcas pendiente de él cada minuto.

A veces recuperar calma no consiste en resolver la preocupación. Consiste en reconocer con precisión cuándo ya has hecho todo lo que podía hacerse por ahora.

Meditación tres. Sal de la escena que estás repitiendo.

Hay conversaciones que terminan para dos personas y continúan durante horas para una sola.

Vas conduciendo y recuerdas una frase. Mientras recoges la cocina aparece otra parte de la conversación. Más tarde imaginas lo que habría ocurrido si hubieras respondido de otra manera. Cambias una palabra, corriges el tono, construyes una réplica más inteligente.

La escena ya no puede modificarse, pero sigue admitiendo versiones.

Eso explica parte de su atractivo. El pasado está cerrado en los hechos, pero permanece abierto en la imaginación.

Esta meditación no busca olvidar lo ocurrido. Busca cambiar la posición desde la que lo observas.

Piensa en una conversación reciente que hayas repasado más de una vez.

Durante unos segundos, recuerda la escena como suele aparecer: dónde estabas, qué se dijo, qué momento sigue molestando.

Después introduce una pequeña distancia.

En lugar de volver a entrar en la conversación, intenta verla como una secuencia que ya sucedió.

Dos personas hablando.

Una respuesta.

Un silencio.

Una reacción.

Un final.

No necesitas convertirte en un observador frío ni fingir que aquello no te afectó. La distancia sirve para hacer una pregunta diferente.

Cuando revivimos una escena, solemos preguntarnos:

“¿Qué tendría que haber dicho?”

Desde fuera podemos empezar a preguntar:

“¿Qué ocurrió realmente?”

La diferencia parece pequeña, pero cambia el tipo de atención.

Supongamos que discutiste con un familiar porque volvió a cancelar un plan a última hora. Durante el resto del día recuerdas el momento en que levantaste la voz. Te reprochas haber reaccionado así, después recuerdas que la otra persona ya lo había hecho otras veces y vuelves a justificarte.

La mente alterna entre acusación y defensa.

Vista con cierta distancia, la escena puede contener varias cosas a la vez.

Tal vez el tono no fue el mejor.

Tal vez el enfado tenía una razón comprensible.

Tal vez existe un patrón que conviene hablar.

Tal vez disculparte por la forma no obliga a retirar el límite.

Eso ya es información más útil que repetir quién tenía razón.

La práctica puede apoyarse en tres frases sencillas.

Primero: “Esto fue lo que ocurrió”.

Describe solo hechos que una cámara podría haber registrado.

La persona canceló.

Yo respondí elevando la voz.

La conversación terminó mal.

Después: “Esto fue lo que me afectó”.

Aquí ya entra la interpretación, pero intenta hacerla concreta.

Me molestó que el cambio fuera a última hora.

Sentí que mi tiempo no se estaba teniendo en cuenta.

Me preocupó que esto vuelva a repetirse.

Y por último: “Esto es lo que puedo hacer ahora”.

Quizá pedir disculpas por el tono.

Quizá proponer que, si vuelve a cancelar con poca antelación, dejarás de organizar ciertos planes de esa forma.

Quizá no hacer nada hoy porque estás demasiado irritado y hablar mañana será más sensato.

La escena empieza entonces a tener un final práctico.

No porque desaparezca la emoción, sino porque deja de ser necesario reconstruirla para extraer algo útil.

También puede ocurrir que no haya ninguna acción pendiente.

Tal vez dijiste lo que querías decir con suficiente claridad y la conversación simplemente fue incómoda. En ese caso, seguir ensayando una versión perfecta del pasado no mejora lo sucedido.

Hay situaciones que solo pueden revisarse hasta cierto punto.

Esto no significa que debamos alejarnos de todo recuerdo doloroso en cuanto incomoda. A veces conviene pensar despacio en una conversación para entender un patrón, asumir una responsabilidad o decidir qué hacer después.

La diferencia está en comprobar si estamos observando para comprender o repitiendo para intentar cambiar mentalmente un resultado ya cerrado.

Si la escena vuelve esta noche, prueba a no representarla desde el principio.

No reproduzcas cada frase.

Ve directamente a lo aprendido y a la decisión pendiente, si existe.

“Ya sé qué parte me corresponde.”

“Ya sé qué quiero decir mañana.”

“Ya sé que no puedo rehacer esa conversación.”

Y vuelve a lo que estabas haciendo.

Quizá el recuerdo regrese otra vez. La memoria no recibe una orden y desaparece. Pero cada vez que dejas de reconstruir toda la escena, reduces la necesidad de vivirla como si todavía estuviera ocurriendo.

El pasado puede enseñarte algo sin pedirte que regreses continuamente a él.

Meditación cuatro. No esperes a que tu mente se calle.

Hay días en los que posponemos una acción razonable porque esperamos sentirnos de otra manera antes de empezar.

Tienes que enviar una propuesta y sigues corrigiendo detalles porque todavía no te sientes seguro. Quieres volver a hacer ejercicio, pero decides esperar a tener más energía. Sabes que una conversación debe ocurrir, aunque prefieres aplazarla hasta que desaparezca la incomodidad. Incluso una tarea pequeña puede quedarse detenida bajo una condición silenciosa: primero necesito estar tranquilo.

El problema es que esa tranquilidad puede convertirse en otro asunto que vigilar.

Empiezas a comprobar cómo te sientes.

¿Sigo nervioso?

¿Ya tengo las ideas claras?

¿Estoy preparado?

Y cuanto más importante parece alcanzar el estado correcto, más atención recibe todo aquello que demuestra que todavía no has llegado a él.

Esta meditación parte de una posibilidad distinta: quizá no necesitas eliminar primero el ruido interior para realizar una acción sencilla y sensata.

Piensa en algo que hayas pospuesto recientemente no porque desconozcas completamente qué hacer, sino porque esperas sentir mayor seguridad, motivación o calma antes de hacerlo.

No elijas una decisión grave que necesite más información. Puede ser algo cotidiano.

Abrir un documento.

Salir a caminar.

Ordenar una habitación.

Responder un correo pendiente.

Empezar una tarea que llevas varios días retrasando.

Ahora observa qué está presente.

Puede haber cansancio.

Una pequeña resistencia.

Dudas.

El impulso de hacer cualquier otra cosa.

Pensamientos sobre si merece la pena empezar ahora.

No intentes corregir ese estado. Durante unos instantes, deja que exista.

Hay una diferencia entre escuchar una emoción y convertirla en la condición que decide cuándo podemos actuar.

El cansancio puede indicar que necesitas descansar. El miedo puede señalar un riesgo real. La duda puede mostrar que falta información. No se trata de ignorar esas señales.

Pero también hay momentos en que ya hemos descansado lo razonable, conocemos el siguiente paso y seguimos esperando una sensación de disposición completa que quizá nunca aparezca.

Imagina una tarde en la que tienes que preparar una presentación para el día siguiente. Sabes qué material necesitas y dispones del tiempo suficiente. Sin embargo, notas tensión y empiezas a ordenar archivos, mirar otras tareas o revisar una vez más lo que ya habías preparado.

Tal vez una parte de ese comportamiento tenga una intención comprensible: quieres empezar cuando puedas concentrarte bien.

Pero puede ocurrir algo extraño. La concentración que estabas esperando solo aparece después de comenzar.

Entonces la práctica cambia de pregunta.

En lugar de “¿cómo consigo sentirme preparado?”, prueba con:

“Tal como estoy ahora, ¿cuál es el paso más pequeño que puedo realizar razonablemente?”

Abrir el archivo.

Escribir el título.

Revisar la primera página.

Preparar el material.

Trabajar diez minutos.

No porque una acción mínima resuelva todo, sino porque devuelve la atención desde el estado interno que estás vigilando hacia una conducta que sí puede realizarse.

Es posible que la inquietud continúe mientras trabajas.

Eso no invalida nada.

Podemos tener dudas y avanzar.

Podemos sentir desgana y hacer una parte.

Podemos estar incómodos y hablar con respeto.

Podemos pensar demasiado y, aun así, decidir no obedecer cada pensamiento.

La dificultad aparece cuando confundimos actuar con sentirnos completamente convencidos.

Hay decisiones en las que conviene detenerse. Si estás a punto de aceptar un compromiso importante, gastar una cantidad considerable o romper una relación, no necesitas obligarte a actuar solo para demostrar firmeza.

Esta meditación no propone rapidez. Propone dejar de exigir una emoción perfecta cuando la acción ya es suficientemente clara.

Vuelve a aquello que elegiste al principio.

No preguntes si puedes terminarlo todo.

Pregunta cuál es el siguiente gesto concreto.

Tal vez sea levantarte.

Tal vez abrir una agenda y fijar una hora.

Tal vez escribir las tres primeras líneas.

Tal vez salir de casa durante quince minutos.

Y mientras lo imaginas, permite que la mente siga produciendo comentarios.

“No me apetece.”

“Después lo haré mejor.”

“No estoy concentrado.”

“Quizá debería esperar.”

No hace falta expulsarlos.

Puedes escuchar ese ruido sin convertirlo en instrucciones.

Con el tiempo, empieza a aparecer una libertad bastante modesta, pero útil: dejar de organizar la vida alrededor de la pregunta “¿ya me siento preparado?”.

Porque a veces la calma llega antes de actuar.

Otras veces llega después.

Y algunas veces no llega del todo, pero aun así hacemos lo que correspondía hacer y descubrimos que no necesitábamos sentirnos perfectos para empezar.

Meditación cinco. Puedes dejar algo sin conclusión.

Una de las formas más agotadoras de sobrepensar aparece cuando faltan datos y, aun así, sentimos la necesidad de llegar a una conclusión.

Una amistad cambia de tono durante unas semanas. Alguien está más distante. Las conversaciones son más breves. No ha ocurrido una discusión clara y tampoco tienes una explicación.

Entonces empieza el trabajo mental.

Quizá está enfadado.

Quizá hice algo.

Tal vez ya no le interesa mantener la relación.

A lo mejor está pasando por un problema y no quiere hablar.

Cada hipótesis parece acercarte a una respuesta, pero ninguna tiene suficiente información para convertirse en un hecho.

Esta meditación consiste en practicar algo poco cómodo: permitir que una pregunta permanezca abierta cuando todavía no puede responderse.

Trae una preocupación que contenga una parte importante de incertidumbre.

No hace falta elegir algo grave. Puede ser una decisión que otra persona todavía no ha tomado, una conversación ambigua, un resultado pendiente o una duda sobre algo que hiciste.

Ahora divide mentalmente la situación en tres partes.

Primero: lo que sabes.

Intenta reducirlo a hechos concretos.

La persona ha escrito menos esta semana.

La reunión terminó sin una decisión.

Todavía no han comunicado el resultado.

Hice una propuesta y aún no he recibido respuesta.

Después: lo que estás suponiendo.

Aquí pueden aparecer muchas cosas.

“Ya no quieren contar conmigo.”

“Seguro que he molestado.”

“Probablemente he tomado una mala decisión.”

“Esto va a terminar mal.”

No necesitas reprocharte esas interpretaciones. Cuando faltan datos, es normal intentar completar la historia. El problema comienza cuando olvidamos que la hemos completado nosotros.

Una posibilidad repetida muchas veces puede empezar a sentirse como una conclusión.

Por eso queda una tercera parte:

lo que todavía no sabes.

No sabes qué piensa la otra persona si no te lo ha dicho.

No sabes cuál será una decisión que todavía no se ha tomado.

No sabes qué significará dentro de seis meses algo que acaba de ocurrir.

No sabes si una preocupación terminará cumpliéndose solo porque puedes imaginar cómo ocurriría.

Permanecer unos segundos en ese “no sé” puede resultar más incómodo que elegir una explicación.

Una explicación pesimista, al menos, parece cerrar algo. Ya tenemos una historia y podemos empezar a reaccionar ante ella.

Pero cerrar una pregunta demasiado pronto tiene un coste.

Podemos responder con frialdad a alguien que simplemente estaba ocupado.

Podemos abandonar una posibilidad porque imaginamos un rechazo que todavía no existe.

Podemos pasar una noche entera reaccionando emocionalmente a una conversación que nunca llegará a producirse.

Aceptar que no sabemos no significa quedarse inmóvil.

Si existe una pregunta razonable que puedas hacer, hazla.

Si ha pasado un plazo adecuado, pide información.

Si necesitas tomar una decisión antes de conocer todos los datos, utiliza los que realmente tienes y acepta el margen de incertidumbre.

Lo que esta práctica intenta evitar es otra cosa: fabricar información mediante pensamiento.

Vuelve a la preocupación que elegiste.

Formula una frase sencilla:

“Con lo que sé ahora, no puedo concluir eso.”

Quizá tu mente responda inmediatamente.

“Sí, pero probablemente…”

Observa ese “probablemente”.

Puede ser una posibilidad razonable. No necesita ser eliminada.

Solo necesita permanecer en su categoría correcta.

Posibilidad.

No hecho.

La diferencia importa porque podemos prepararnos para una posibilidad sin vivir como si ya hubiera ocurrido.

Si tienes dudas sobre una relación, puedes decidir hablar.

Si esperas una respuesta laboral, puedes continuar buscando otras opciones.

Si una decisión podría salir mal, puedes preparar una alternativa.

En ninguno de esos casos necesitas conocer el desenlace de antemano para actuar con criterio.

Y ahí estas cinco meditaciones empiezan a encontrarse.

No necesitas contestar todos los pensamientos.

No todo problema puede resolverse ahora.

Una escena pasada puede comprenderse sin representarla otra vez.

Una emoción incómoda no siempre tiene que desaparecer antes de actuar.

Y una pregunta puede seguir abierta sin que tengas que rellenar el espacio con una certeza inventada.

Dejar una cuestión sin conclusión no es resignarse a no saber nunca.

Es reconocer cuándo todavía no ha llegado el momento de saber.

Y permitir que la vida continúe mientras tanto.

Puede que esta noche vuelvas a acostarte y aparezca la misma conversación que apareció ayer.

Quizá recuerdes una frase, anticipes una dificultad o intentes averiguar qué significa algo que todavía no está claro.

La diferencia no estará necesariamente en que la mente permanezca silenciosa.

Puede estar en lo que haces después.

Antes, un pensamiento abría otro pensamiento. Después llegaba una hipótesis, luego una explicación, luego una revisión completa de algo que ya habías revisado. El cansancio no procedía únicamente de aquello que te preocupaba, sino también de permanecer disponible para cada nueva vuelta.

Ahora puedes reconocer un momento distinto.

Aparece el pensamiento.

Lo escuchas.

Compruebas si trae algo nuevo.

Si existe una acción concreta, la tomas o decides cuándo tomarla.

Si estás reconstruyendo el pasado, recuperas únicamente lo que todavía puede servirte.

Si esperabas sentirte completamente tranquilo antes de continuar, eliges un paso razonable que puedas dar tal como estás.

Y si faltan datos, dejas que falten.

Nada de esto convierte la incertidumbre en algo agradable. Tampoco evita que una conversación duela, que una decisión preocupe o que algunas noches cueste desconectar.

La calma que puede surgir de este recorrido es más modesta y quizá por eso más útil.

Consiste en dejar de colaborar con cada pensamiento que pide atención.

Mañana seguirán existiendo problemas que merecen reflexión. Habrá decisiones que convenga revisar, errores que reconocer y situaciones para las que será necesario prepararse bien.

Pensar no es el enemigo.

La diferencia está en poder notar cuándo el pensamiento está ayudando a vivir y cuándo está sustituyendo a la vida.

Tal vez, después de apagar la luz, aparezca otra vez aquel “¿y si…?”.

No necesitas terminar la frase.

Puedes reconocer que no hay nada nuevo que decidir esta noche, sentir el peso del cuerpo sobre la cama y dejar pendiente lo que verdaderamente sigue pendiente.

Mañana, si hay algo que hacer, podrás hacerlo.

Y si todavía no hay respuesta, no tendrás que inventarla para descansar.

Si crees que este vídeo puede ayudar a alguien, puedes compartirlo.

Esto es Espíritu Estoico. Hasta la próxima.

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